El paradigma del avestruz

No hay duda de que los tiempos de crisis agudizan el ingenio en general y alertan a los conformistas para tomar consciencia de que hay que actuar. Habría que preguntarse, sin embargo, que pasa con las voluntades políticas que andan tan peregrinas en la obtención de consensos que permitan atajar el problema de raíz. Ni en los organismos internacionales, ni en los parlamentos de los países más ricos, parece que haya movimientos capaces de crear esperanza entre la ciudadanía y tampoco entre las empresas. ¿Pero que parte de culpa tenemos todos en esta situación que nos está encorsetando la capacidad imaginativa hasta el punto que las únicas soluciones que se plantean consisten en reforzar las estructuras que nos han llevado hasta el caos actual? El encorsetamiento imaginativo se da especialmente en aquellos que no pueden ver más allá de los modelos existentes, que por ahora son los que están decidiendo.

Hemos oído hasta la saciedad que estamos caminando hacia el abismo y que ni el planeta puede soportar la expoliación de recursos actual, ni mucho menos la que podría llegar sí los potencias emergentes alcanzaran nuestro nivel de consumo. También sabemos que las políticas de contención de la emisión de CO2 son insuficientes, extremadamente tímidas y poco realistas. Nos encontramos, a mi entender en un “paradigma del avestruz”. Nuestros políticos, los dirigentes de las grandes multinacionales, e incluso los ciudadanos preferimos esconder la cabeza en el suelo para no ver la tragedia que nos amenaza.

Parece evidente, a mi entender, que las riendas las tendrán que tomar los ciudadanos y, me temo que no va a ser un camino de rosas. Volviendo al libro de Zygmunt Barman, que mencioné en el último post, explica que la sociedad se levanta no para defender la justicia, si no para luchar contra la injusticia. La idea de justicia, según Barman, es relativa y las comunidades, la ciudadanía llega a acostumbrarse a condiciones de vida injustas, sí éstas se imponen paulatinamente y sin subvertir demasiado el status quo normal. De este modo muchas injusticias sociales han conseguido ser consideradas situaciones de normalidad. Es cuando los cambios hacia condiciones más injustas se imponen de golpe, cuando la sociedad percibe aquella decisión cómo una afrenta y se revuelta. He aquí el dilema. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato? ¿Qué gobernante empezará a decir a los ciudadanos que hacen falta reestructuraciones en la economía para, por ejemplo, producir de modo más sostenible? Sabemos, por los problemas que están surgiendo en el sector del automóvil, que la posición de los sindicatos y de los trabajadores es de resistencia numantina para mantener las condiciones de trabajo, con muy pequeñas concesiones a favor de la producción de coches ecológicos. El primer objetivo es garantizar los puestos de trabajo. Sin embargo, sabemos que el mayor contaminante del planeta es el tráfico rodado y que esto está estrechamente ligado al gran parque automovilístico existente. ¿Qué hay que hacer entonces? ¿Tenemos que seguir manteniendo una producción de más coches contaminantes, para garantizar el trabajo de cientos de miles de trabajadores? Y encima los gobiernos, no sólo ofrecen ayudas a las empresas, sino que fomentan el consumo con ayudas a los compradores.

Sinceramente, las posturas que están teniendo tanto los sindicatos como los gobiernos es de “el paradigma del avestruz”. Y todos sabemos que con ello sólo posponemos la toma de decisiones, pero no resolvemos el problema en absoluto. Está claro que ninguno de ellos quiere asumir la responsabilidad que la sociedad les ha otorgado, y por tanto deberá ser la misma sociedad la que asuma su responsabilidad porque, hoy por hoy, parece indelegable.

El camino será largo, mucho más que el que Barack Obama se ha impuesto. Sus estrategias, si bien han servido para que el resto de políticos internacionales se tomaran en serio la situación, no parecen suficientemente decisivas. La inversión en aumentar la producción de bienes y servicios sociales, así como el impulso de medidas de producción más sostenibles y con mayor ahorro energético, no serán suficientes si no se toman medidas de tipo estructural más importantes.

De las muchas teorías económicas o, en la mayoría de los casos, balbucientes presagios que circulan por los medios y por los foros económicos y científicos, ninguno me ha parecido suficientemente novedoso ni esperanzador. No consiguen superar lo que Lord Keynes advirtió: “La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas”.

Existe, sin embargo, una propuesta ideológica estrechamente fundamentada en el cambio estructural de nuestra economía que fue creada hace años en Francia y que está consiguiendo cada vez más adeptos. Se trata de la “decroissance” o el “decrecimiento” como se le conoce en castellano (decreixement, en catalán).

En un artículo de ayer sábado en El País (21.03.2009) que bajo el título “Por una vida más frugal” Nicolas Ridoux (autor de Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento – Los libros del Lince) hace explicando la filosofía del ‘decrecimiento’ y enmarcándola en la situación de crisis en la que nos encontramos.

Para alentar a la gente a leerlo, quisiera incluir un extracto del artículo de Ridoux: “Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de “decrecimiento”. Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.

Ridoux, contrapone el decrecimiento o, mejor dicho, lo opone la ideología productivista, de la cual el cree que deberemos deshacernos. Para Ridoux, con el decrecimiento no se trata de un “crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento”.

Ante el paradigma del avestruz, propongo dialogo, debate, imaginación y, sobretodo compromiso responsable. Para ello, todos tenemos que implicarnos y esperar menos en que los políticos, a los que valoramos tan mal, nos saquen las castañas del fuego. Lo que está en juego es demasiado importante para esperar que lo cocinen otros mientras nosotros hacemos tertulia en el salón. Hay que ponerse el delantal, entrar en la cocina y empezar a cocinar con imaginación.

About Oriol

Professor dels Estudis d'Economia i Empresa de la UOC Lecturer of the Department of Economics and Business Administration Universitat Oberta de Catalunya - Barcelona- Spain
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